Josep Guardiola y Fernando Trueba no han inventado nada cuando aseguran que ser director de cine o entrenador de fútbol es, también, tener maneras de manipulador positivo y psicólogo. Comentan en "Conversaciones sobre el futuro" que es el punto en común más claro entre las dos profesiones: ejercer de líder, sacar lo mejor de cada uno, explicar las cosas tal como uno las quiere para que no haya equívocos, para que todo ocurra según lo previsto. Para que las cosas salgan como las han proyectado en sus mentes no basta con ser perfeccionista: necesitan lo que siempre se ha entendido como don de gentes. Cada jugador y cada actor son diferentes, e insisten mucho en este punto. Cada uno es distinto, y por eso hay que tratar a cada uno de ellos acorde a sus necesidades, a sus virtudes, también a sus defectos. "Todos sois iguales para mí". No, no todos lo son y además no todos tienen que serlo, sin que eso sea negativo para el grupo. No significa que uno sea más o menos, sólo significa que hay que tratar a tus jugadores o actores teniendo en cuenta el perfil de cada uno. Los habrá que no soporten la presión, los habrá que sólo funcionen bajo sus efectos; los habrá que se motiven si les dices sus errores delante del grupo, los habrá que eso les mine la moral; los habrá que con una palmadita en la espalda baste, los habrá que una palmadita en la espalda les ofenda. Los habrá que necesitan una verdad a medias, y los habrá que con una mentira piadosa se vengan arriba. En cualquier caso, no han inventado nada y este aspecto no es sólo aplicable a los entrenadores de fútbol o a los directores de cine. La convivencia es caprichosa y perfecta en su forma como el mecanismo de un reloj: si falla una pieza, no se puede dar. Si además esta convivencia viene dada por una superioridad, porque tú eres el que manda y ellos te ven, en la pirámide, un escalón por encima, las buenas maneras y la generosidad deben estar todavía más latentes y presentes: fijas. De la misma manera que tratarías a tus hijos con el mismo afecto y respecto, pero conocedor de sus puntos débiles; cuando eres el líder de un grupo de jugadores, actores, de personas, tu papel es vital para que nadie se quede atrás, para que nadie se adelante: ni siquera tú, aunque estés por encima en la escala de poder.
Entonces, hay que encontrar en cada uno de ellos cuál es la manera. A unos -comenta Guardiola- habrá que invitarles fuera de las instalaciones de trabajo, a otro habrá que preguntarle sobre su tiempo libre, a otro no le podrás hablar de táctica ni del adversario. En fin, ser plenamente consciente de que además de jugadores de fútbol y actores de la gran o pequeña pantalla, traen a cuestas sus propias vidas insignificantes, tan parecidas -salvando distancias- a las nuestras. Y, como tal, para triunfar con un grupo de gente, sólo hay una manera: no todos son iguales, no todos tienen que ser iguales. Para conocerlos a todos y adecuar tus formas, tus estrategias de pequeño psicólogo, de descifra-rostros y de manipulador bonachón, tienes antes que tomarte la molestia de convivir con ellos, de prestar atención, de tratar emocionalmente todas esas carencias o excesos. Para eso necesitas algo más que saber cómo organizar un terreno de juego, contratar al mejor actor o tener el bolsillo dispuesto para lo que pidan las estrellas de cualquiera de los dos campos. Hace falta una intención.
Bojan, Ibrahimovic, Eto'o. Todos ellos no han contado con la misma amistad con Guardiola que Xavi, Messi o Puyol. Sin embargo, ante la prensa, en la Ciutat Esportiva y en los grandes momentos donde hay que demostrar el señorío, Pep ha sabido capotear con elegancia las críticas, la desestabilización mediática y los conflictos deportivos. En petit comité ya no sabemos qué pasa, aunque podemos intuir que, ante todo, habrá respeto. Guardiola no es un santo, no es perfecto ni tiene en su posesión la verdad absoluta, pero tiene otras tantas virtudes que hacen que la afición y su equipo de trabajo le admiren, y, lo más importante, se sientan orgullosos de él. Es muy fácil confiar en Guardiola. Muy fácil. A veces incluso uno necesita momentos como el puto amo para humanizarlo, necesita los golpes contra el banquillo, sus lágrimas en las celebraciones. Guardiola es como tú o como yo. Aun así, cuando se trata de defender a los suyos -porque atacarlos no entra jamás en sus planes-, se vuelve poderoso y nos deja ver ese lado menos profesional, más instintivo y animal: su imperfección salta todas las alarmas cuando uno de los suyos está en el punto de mira.
Messi ha tenido partidos en que ha pasado totalmente desapercibido. Villa ha tenido épocas en que parecía no adaptarse del todo a la forma de juego blaugrana. Xavi e Iniesta, que parecen de otro mundo por su habilidad y la regularidad con que nos ofrecen su buen hacer, también han tenido partidos más desafortunados. Aunque podemos presumir de defensa y portería, también hay errores salvables. Hemos perdido contra el Getafe, empatado contra el Osasuna, sufrido contra el Betis y el Espanyol (equipos supuestamente inferiores). Hemos empezado perdiendo en los clásicos. Y Guardiola no sólo no ha vendido a sus jugadores en la rueda de prensa, sino que ha sabido cómo alzar las virtudes y el mérito de sus contrincantes, ha defendido a los suyos y ha reconocido errores, comprometiéndose a solucionarlos. A veces incluso un poco demasiado modesto, Guardiola se ha reservado su opinión sobre algunas decisiones desaforables en el arbitraje. Ésta es la manera que ha encontrado el entrenador del Barça para comunicarse con los demás; de estar por encima, grande, y quedar a la altura de los demás, pequeño; de no dar una nota por encima de otra ni desafinar. De tener a su directiva, su equipo de apoyo, sus jugadores, su club y su afición, contentos. De representar unos colores y un sentimiento de una manera magistral, admirable. A juzgar por los resultados, funciona.
Hoy el madridismo se raja. Marca -al que sus propios lectores quieren boicotear- saca en portada una conversación entre Mourinho y Sergio Ramos, con Casillas de fondo; y todo parece apuntar a que en este equipo sí se tratan a todos igual, con el mismo rasero, sin adecuar las formas a las necesidades de los demás. El problema es que son todos iguales, y que además sólo pueden ser iguales en la rabia y la impotencia que les supone haber perdido contra el Barça una vez más, con un planteamiento cobarde. Mourinho no defiende a los suyos por encima de sí mismo. Habla de los padres de la victoria y del único padre de la derrota. La paternidad del mal ambiente que hay entre él y los suyos, sin duda, le pertenece. Hoy parece que los madridistas empiezan a despertar del sueño blando y dejan de justificar lo injustificable, dejan de dar coba a las excusas que su entrenador les brinda (es cierto, hay que ejercer de manipulador y psicólogo). Cuando vendes a uno de tus jugadores para justificar una derrota, no es en vano (entonces ni el arbitraje ni la suerte estarán de tu parte y serán una coartada amable). La crispación ha llegado hasta los medios de comunicación que le respaldan normalmente, hasta sus jugadores, hasta su afición. La directiva todavía le cubre, porque todavía confía en que desbanque a su gran rival. La soberbia y la agresividad con que trata Mourinho a los periodistas de las ruedas de prensa se parecen mucho a la que emplea para sus jugadores. Obedece a las reglas mismas que el FCBarcelona, pero totalmente opuestas (todos son iguales y todos deben ser tratados de la misma manera: mal). Y a juzgar por los resultados, no funciona.
Entonces, hay que encontrar en cada uno de ellos cuál es la manera. A unos -comenta Guardiola- habrá que invitarles fuera de las instalaciones de trabajo, a otro habrá que preguntarle sobre su tiempo libre, a otro no le podrás hablar de táctica ni del adversario. En fin, ser plenamente consciente de que además de jugadores de fútbol y actores de la gran o pequeña pantalla, traen a cuestas sus propias vidas insignificantes, tan parecidas -salvando distancias- a las nuestras. Y, como tal, para triunfar con un grupo de gente, sólo hay una manera: no todos son iguales, no todos tienen que ser iguales. Para conocerlos a todos y adecuar tus formas, tus estrategias de pequeño psicólogo, de descifra-rostros y de manipulador bonachón, tienes antes que tomarte la molestia de convivir con ellos, de prestar atención, de tratar emocionalmente todas esas carencias o excesos. Para eso necesitas algo más que saber cómo organizar un terreno de juego, contratar al mejor actor o tener el bolsillo dispuesto para lo que pidan las estrellas de cualquiera de los dos campos. Hace falta una intención.
Bojan, Ibrahimovic, Eto'o. Todos ellos no han contado con la misma amistad con Guardiola que Xavi, Messi o Puyol. Sin embargo, ante la prensa, en la Ciutat Esportiva y en los grandes momentos donde hay que demostrar el señorío, Pep ha sabido capotear con elegancia las críticas, la desestabilización mediática y los conflictos deportivos. En petit comité ya no sabemos qué pasa, aunque podemos intuir que, ante todo, habrá respeto. Guardiola no es un santo, no es perfecto ni tiene en su posesión la verdad absoluta, pero tiene otras tantas virtudes que hacen que la afición y su equipo de trabajo le admiren, y, lo más importante, se sientan orgullosos de él. Es muy fácil confiar en Guardiola. Muy fácil. A veces incluso uno necesita momentos como el puto amo para humanizarlo, necesita los golpes contra el banquillo, sus lágrimas en las celebraciones. Guardiola es como tú o como yo. Aun así, cuando se trata de defender a los suyos -porque atacarlos no entra jamás en sus planes-, se vuelve poderoso y nos deja ver ese lado menos profesional, más instintivo y animal: su imperfección salta todas las alarmas cuando uno de los suyos está en el punto de mira.
Messi ha tenido partidos en que ha pasado totalmente desapercibido. Villa ha tenido épocas en que parecía no adaptarse del todo a la forma de juego blaugrana. Xavi e Iniesta, que parecen de otro mundo por su habilidad y la regularidad con que nos ofrecen su buen hacer, también han tenido partidos más desafortunados. Aunque podemos presumir de defensa y portería, también hay errores salvables. Hemos perdido contra el Getafe, empatado contra el Osasuna, sufrido contra el Betis y el Espanyol (equipos supuestamente inferiores). Hemos empezado perdiendo en los clásicos. Y Guardiola no sólo no ha vendido a sus jugadores en la rueda de prensa, sino que ha sabido cómo alzar las virtudes y el mérito de sus contrincantes, ha defendido a los suyos y ha reconocido errores, comprometiéndose a solucionarlos. A veces incluso un poco demasiado modesto, Guardiola se ha reservado su opinión sobre algunas decisiones desaforables en el arbitraje. Ésta es la manera que ha encontrado el entrenador del Barça para comunicarse con los demás; de estar por encima, grande, y quedar a la altura de los demás, pequeño; de no dar una nota por encima de otra ni desafinar. De tener a su directiva, su equipo de apoyo, sus jugadores, su club y su afición, contentos. De representar unos colores y un sentimiento de una manera magistral, admirable. A juzgar por los resultados, funciona.
Hoy el madridismo se raja. Marca -al que sus propios lectores quieren boicotear- saca en portada una conversación entre Mourinho y Sergio Ramos, con Casillas de fondo; y todo parece apuntar a que en este equipo sí se tratan a todos igual, con el mismo rasero, sin adecuar las formas a las necesidades de los demás. El problema es que son todos iguales, y que además sólo pueden ser iguales en la rabia y la impotencia que les supone haber perdido contra el Barça una vez más, con un planteamiento cobarde. Mourinho no defiende a los suyos por encima de sí mismo. Habla de los padres de la victoria y del único padre de la derrota. La paternidad del mal ambiente que hay entre él y los suyos, sin duda, le pertenece. Hoy parece que los madridistas empiezan a despertar del sueño blando y dejan de justificar lo injustificable, dejan de dar coba a las excusas que su entrenador les brinda (es cierto, hay que ejercer de manipulador y psicólogo). Cuando vendes a uno de tus jugadores para justificar una derrota, no es en vano (entonces ni el arbitraje ni la suerte estarán de tu parte y serán una coartada amable). La crispación ha llegado hasta los medios de comunicación que le respaldan normalmente, hasta sus jugadores, hasta su afición. La directiva todavía le cubre, porque todavía confía en que desbanque a su gran rival. La soberbia y la agresividad con que trata Mourinho a los periodistas de las ruedas de prensa se parecen mucho a la que emplea para sus jugadores. Obedece a las reglas mismas que el FCBarcelona, pero totalmente opuestas (todos son iguales y todos deben ser tratados de la misma manera: mal). Y a juzgar por los resultados, no funciona.
Mou es una bofetada a la cara de propios y extraños. Desquita sus desatinos arremetiendo contra los demás. Ojalá reciba otra dosis el miércoles. ¡Visca Barça!
ResponderEliminarCuando, fuera de fanatismos, todo el mundo cree lo mismo, no hay error. Ya no se trata de lo que vemos mal la afición del Barça, sino que mundialmente existe una misma mirada crítica sobre los mismos puntos.
EliminarEso siempre, Elmer: ¡visca!
Y gracias por tu comentario.
Un abrazo,
Fusa